PORQUE TODOS TENEMOS ANTOJOS

viernes, 23 de diciembre de 2011

Noche Buena



Sacudió la cabeza mientras intentaba recuperarse del golpe y espantar el espejismo.
Aquella ventana con las cortinas corridas era la culpable del terrible porrazo y no la cáscara de banana, como todos creyeron.
No pudo evitar quedarse espiando a esa hermosa mujer desnuda, recostada en el sillón, con la mirada perdida y una copa de tinto bamboleando en su mano.
Hipnótica belleza de cabello castaño, piernas largas y tristeza infinita.

Esa fue la primera y única vez que Papá Noel pidió un regalo para Navidad.


domingo, 11 de diciembre de 2011

Changes





Estaban riendo y charlando cuando, sin querer, ella se pinchó el dedo índice con un clip medio desarmado.


Él le había avisado que se iba a lastimar.

Igualmente, sostenía que era injusto que le echara la culpa. Ella no lo había provocado.


Fue él quien le agarró ese dedo luego de mirar como el punto rojo comenzaba a hincharse de sangre, y justo antes de que la gota ruede hacia abajo, se lo metió en su boca angurrienta y lo chupó. Durante unos segundos, el dedo herido quedó descansando en la lengua de su captor, apresado y sumiso.
La chica se quedó pasmada mientras él la devoraba, lento. Y en el instante en el que ella empezó a sentir que se le erizaba el cuerpo, la trampa liberó al rehén.
Como si nada, siguieron la conversación.

Claro que ella nunca volvió a ser la misma.

Entre otras cosas, ya no soporta la luz del sol.






martes, 29 de noviembre de 2011

Versito I



Encontrame en el tiempo.
Descubrime de a jirones
(pero explorame profundo).

Seducime y conquistame.
Sembrame que soy fértil.
Cultivame que soy promesa.
Explotame y sé egoísta.
Cosechame una vez más.

Porque hoy (solamente hoy), me dejo.


lunes, 21 de noviembre de 2011

Belicosidades

A Juana siempre le había molestado la gente confianzuda, esos seres que en cualquier momento ocupan el lugar que nadie les otorgó y se lo adueñan como si siempre hubiesen estado allí.
Vale aclarar que a Juana también le molestaban los lugares llenos de gente como un colectivo desbordante, un shopping un domingo por la tarde o un restaurante demasiado concurrido y ruidoso.
La desequilibraba todo territorio, gesto o acción que pudiera invadir su espacio personal, esa burbuja tan íntima que nos creamos a nuestro alrededor.
Una tarde lluviosa y helada, fue a recorrer locales en busca de un libro que se le había antojado leer. Fue así que se perdió en los laberintos de esa inmensa librería y se dejó llevar de pasillo en pasillo sin apuros ni parquímetros.
Tomó un libro de un autor que no conocía con un título sumamente tentador y comenzó a ojearlo, concentrada.
De pronto, el dedo índice de una mano huesuda toca la hoja de su libro, justo donde ella leía y le señala una oración.

- Excelente libro. Lo devoré en unas horas. Muy recomendable.
Juana se asustó y se tiró instintivamente para atrás.
- No te asustes. No te voy a hacer nada.
- No, por favor, disculpame- llegó a balbucear la chica, un poco avergonzada por su acción.

Cuando levantó la vista y se repuso del enojo, se dio cuenta que su invasor podría llegar a ser el amor de su vida.
Así, bajando la guardia, cedió territorio para comenzar una charla amena e interesante, que continuó en los sillones de la librería, café de por medio.
Mientras el caballero sin armadura hablaba y gesticulaba torpemente, Juana lo miraba, lo escuchaba y sentía que se había enamorado.
Nunca pensó que le iba a resultar tan fácil.
Ahora, la joven sólo pensaba en cómo demostrarle que quería ser conquistada, invadida, seducida, explorada… que era arcilla en sus manos, territorio virgen, que había perdido la batalla, que estaba entregada.
Por Dios!!! Impensable. Una chica como ella… nunca fue de armas tomar.
De nuevo, el Cid atrevido, invadió con un gesto exagerado el espacio de Juana. Y ella, otra vez, instintivamente (maldito instinto) se tiró para atrás.

- No te asustes. No te voy a hacer nada.
- No, por favor, haceme.

lunes, 14 de noviembre de 2011

José Gris



José estaba aburrido.
Claro que, todavía, no era conciente de ese hecho.
Las evidencias se hicieron físicas en pocas semanas. Comenzó a tener más sueño del normal, tenía menos hambre y las comidas que solía comer le traían acidez, se le empezó a caer el pelo, a la mañana no quería levantarse y a la noche le costaba ir a la cama, tenía más ganas de quedarse solo tomando una copa de vino que de recostarse en el sillón escuchando música abrazado a su pareja, el sexo se había convertido en un acto rutinario de los viernes o sábados por la noche…
Pero lo más preocupante era que, paulatinamente, estaban desapareciendo los colores. Todos los objetos que lo rodeaban estaban virando al gris. Las flores del jardín de su vecina, los muebles de su casa, los paisajes somnolientos que miraba desde el colectivo en su viaje diario al trabajo, el perro que le ladraba todas las tardes, la comida que comía a desgano todos los días, la música que escuchaba, su mujer completa…
Un gran susto se dio cuando una noche de insomnio se levantó al baño y el espejo le devolvió una cara cenicienta. Miró mejor y vio que todo él estaba gris. Gris aburrido, gris tedioso, gris rutina, gris obligación, gris problema, gris opaco. José el gris era.
Estaba muy deprimido y ese estado le impedía volver a estar coloreado. Le faltaban ganas, entusiasmo, pasiones… y dentro de todo, el gris no era tan feo, pensaba José.
Es más, hasta se convenció que el gris era un bello color. A veces encontraba un gris clarito que lo excitaba o un gris oscuro que todo lo todo intensificaba y por un momento sentía que era un tipo feliz.
Una mañana gris, llegó tarde a su oficina, se sentó en su escritorio, prendió su computadora y se puso a trabajar. A media mañana se acercó Celeste, la chica más simpática y bonita de todo el lugar y le dijo:
- Hola José. Ya empezaba a extrañarte. Este lugar es tan gris sin vos.
Y le regaló una bellísima sonrisa de dientes blancos.

Era un día hermoso… y el cielo se dejaba ver tan celeste por esa pequeña ventana de su oficina...

jueves, 10 de noviembre de 2011

Minificciones: Trampera

Para que el juego del gato y el ratón tenga alguna lógica, es condición que exista una presa y su victimario.
Sin embargo, ella revivía cuando la atrapaba y la devoraba, siempre y cuando él perdiera una de sus varias vidas en cada encuentro.

martes, 8 de noviembre de 2011



Te amo

Te quiero

Te adoro

Te estimo

Te aprecio

Te tengo cariño (Ay!!!!)

Te respeto

Te tengo cierto afecto

Te detesto

...

...

Te extraño


Muchas veces las expresiones del otro sólo son el resultado de las emociones de uno.
Creo que la detesta porque ella le acaba de decir que ya no lo quiere, que se aburrió de sus desplantes, de su indiferencia, de su falta de afecto... Que se va en busca de algo más interesante para hacer, que la dinamice de nuevo.
Porque ella perdió el eje, también.
Justo, él le estaba por plantear lo contrario. Pero no pudo. O no tuvo tiempo o algo así.
Le iba a decir que se corria un poco del centro y que iba a prestar más atención a lo que le pase a ella.

Y él, resentido, sólo tiende a defenderse.
Pero realmente cree que la detesta.
Ojo, no es chiste, pobre tipo.

Ella le va a contestar. ¿Ella le va a contestar?
¿Y qué le contestará?
¿Acaso se le teme más a la soledad que a una compañía de rutina?

Extrañar no es querer. De eso estoy segura.
Muy.

jueves, 3 de noviembre de 2011

La rehén

La habitación era confortable.
Alfombras mullidas, paredes limpias, cortinas claras que anunciaban la luz del sol en la mañana.
Sin embargo, la jaula de vidrio era pequeña y transparente, con unos orificios que apenas dejaban pasar el aire necesario para mantenerla viva.
Sus muñecas estaban unidas por delante de su cuerpo, apretadas por una soga invisible, gruesa y fuerte.
Tenía un antifaz y una mordaza cruel que no la dejaba hablar.
La cabeza la podía mover para arriba y para abajo. También hacia los costados, por supuesto.
Los pies estaban libres, pero ya se habían agotado de caminar en círculos.
Cuando estaba muy cansada, se hacía un bollito y si uno la miraba detenidamente hasta se creería que estaba durmiendo.
Eso sí, no tenía ni frío, ni hambre, ni calor, ni sed.
Por eso seguía viva.


A la mañana, Aurora se despertaba, se duchaba y se arreglaba para ir a trabajar.
Como todos los días a la misma hora, tomaba el colectivo que la llevaba a su oficina.
Y siempre, absolutamente siempre, soñaba despierta pensando que tal vez, cuando volviese a la noche a su casa, encontraría una caja de vidrio vacía, una cerradura rota y una atadura invisible desparramada en la alfombra de su habitación.



martes, 1 de noviembre de 2011

Perspectivas

http://imanesenlaheladera.blogspot.com/2010/11/perspectivas-parte-1-de-3.html

http://imanesenlaheladera.blogspot.com/2010/11/perspectivas-parte-2-de-3.html

Norberto (3 de 3)

Norberto estaba sentado en la esquina de la habitación. Quieto, callado, fumando tranquilamente un cigarrillo negro.
Había disfrutado muchísimo al ver las maniobras de su empleado para convencer a Soledad de tener sexo delante de un extraño. Y lo excitaba de sobremanera ver a esa pendeja que se movía tan bien con la guita entre las tetas. Cómo lo calentaba ese bamboleo de ritmo cambiante. Pero no se iba a masturbar delante de su empleado. No, no, no. Debía demostrar hasta el último momento quién manejaba la situación.
Y qué linda piba… le recordaba tanto a Silvana en los años en que empezaron a jugar a ser novios en los pasillos de la facultad. Tanta energía, tanta pasión, tanta juventud. ¿En qué momento se convirtió en una mina aburrida? ¿Cuándo dejó de ser esa chiquita rebelde con ojos brillantes? ¿Cuándo se durmió dentro de ella esa mujer apasionada por las ideologías, esa leona incansable que se comía a sus rivales, esa joven que con un guiño podía derribar y poner de rodillas a la convicción más férrea…? Cuánto la había amado. Hubiera hecho cualquier cosa por ella, por su chica, por su amor. Y ahora…
“¿Tenía necesidad de encamarse con este pendejo, en mi propias narices?” Y la idea que lo golpeaba una y otra vez.

“Dale hermosa, sé buenita, movete como siempre y olvidate del viejo”, podía adivinar que le susurraba Diego al oído de su novia mientras la penetraba.

A Soledad la había visto por primera vez en el ascensor una tarde que ella fue a buscar a su chico a la oficina nueva. Subieron juntos en planta baja. El le clavó la miraba en la nuca y la recorrió hasta los talones. Qué hermosa. Y ella ni siquiera se había percatado de su presencia. Ni una mirada de reojo. Nada. Allí se dio cuenta que se estaba convirtiendo en un viejo para las jovencitas. “Qué triste”,pensó.
Luego, vió como se bajaba y se acercaba a la recepción, haciéndose anunciar. Una chica tan bella con ese pelele insignificante. Y sin embargo…
“Maldita Silvana. Puta. Sos una puta”.

“Dale bebé, movete así. Me encanta. Sos muy linda”,seguía arengando Diego.

No tuvo que sacar a relucir sus dotes de abogado calificado y elocuente cuando lo llamó a negociar. Fue más simple de lo que pensó. “Quiero ver cómo te cogés a tu novia y no me importa qué hagas para convencerla. En dos meses el nuevo puesto es tuyo. Y no se te ocurra volver a tocar a mi mujer”, resumiendo, fue lo que pasó en esa charla.

Qué linda que era Soledad. Y presumía de toda esa belleza delante de sus ojos que la comían despacio, como el día del ascensor. Tan decidida, tan simpática, tan extrovertida, tan joven.
Ya va a pergeñar qué hacer con ella. Pero eso será otro día. Hoy estaba muy excitado y cansado y asqueado y celoso y complacido y furioso y triunfante y patético.
“Ahora voy a casa y me masturbo tranquilo”, pensaba, mientras miraba a Diego subirse los pantalones.

miércoles, 26 de octubre de 2011

Burbujas

Hoy me perdí en mis recuerdos. Hacía rato que no lo hacía.

Tenía que terminar unos trámites corriendo contra reloj.
El tránsito era intenso a la hora pico y las barreras del tren no levantaban. Otra vez estaban rotas e imperaba el caos. La alarma del cruce que no dejaba de sonar, una cola eterna de autos intentando cruzar hacia el otro lado, bocinazos, la incertidumbre de no saber si viene o no viene el tren, los arriesgados que pasaban sin preámbulo, insultos, los temerosos que no se decidían, bocinazos de nuevo, camiones de contramano.
Respiré profundo. Subí la ventanilla del auto, bajé la cabeza y me agarré del volante preparada para la media hora que me esperaba.
Cuando levanté la mirada los vi a ellos. Dos jóvenes se besaban ajenos al mundo que los rodeaba. Como en cámara lenta se tocaban, se sentían, se volvían a besar. Ella tenía sus manos puestas en los bolsillos traseros del pantalón de él. Él, la tomaba por la cintura y la apretaba contra su pelvis. Le apoyaba su sexo sin reparo alguno. Ella se movía despacio contra él disfrutando esa sensación. Se comían con la mirada, se decían algo al oído, sonreían traviesos, se besaban de nuevo. Se mordían lento y volvían a reírse.
Me quedé mirándolos como una fisgona. Escudriñándolos. Estudiando cada gesto.
Y no pude evitar sentir una nostalgia atroz. Cuánto hacía que no me besaban así!!!!! Y no me refiero a la pasión, las ganas, la intensidad o al acto de besar en sí.
Quiero explicarme bien e ir más allá. Quiero llegar hasta mi adolescencia, hasta ese amor que me hacía volar de alegría y me retorcía las tripas, hasta esas ilusiones, esa inocencia, esa creencia de la existencia eterna de la pasión.
Quiero envolverme, por un rato, en esa burbuja invisible que los rodea y los aisla del mundo. No tener otra preocupación en mi cabeza más que la prolongación de ese beso que me come la lengua, de ese abrazo, de esas palabras traviesas en mi oído. Y volver a ser esa chica ansiosa, ilusa, enamoradiza, ajena al ruido, al tránsito atroz, a las alarmas que no paran de sonar.


Un bocinazo me arrancó violentamente de mi visión.
Puse primera y me sumergí en la jungla. 
 
 

miércoles, 12 de octubre de 2011

Instantáneas



La joven de jeans ajustados y zapatillas se acomodó el cabello antes de levantarse. Luego miró que todo estuviera dentro del bolso, se ajustó los auriculares a los oídos y se paró rauda. Se dirigió hacia la puerta del vagón y se quedó unos segundos esperando que el tren frene y se abran los accesos.

El señor de traje prolijo y sobretodo miraba hacia fuera. Parado muy erguido al lado de una de las puertas, tenía los brazos cruzados y un rictus indefinido, mezcla de resignación y asco. Llevaba el aún abundante cabello canoso hacia atrás, bien peinado. Unos delgados bigotes grises bordeaban su labio superior.
La joven se detuvo a unos veinte centímetros de él, brindándole todo su perfil de niña.
El hombre que le triplicaba la edad le clavó la mirada en el rostro y se quedó mirándola, escudriñándola como si fuera a devorarla.
Sus ojos se entrecerraron, apenas. Se podía adivinar la lascivia.
Asimismo, continuaba con el extraño rictus, pero su mirar había cambiado.
Ya no existía el desinterés, no.
Parecía que el tiempo estaba detenido.
Un pintor bien podría haber retratado la escena.
Más aún, un escultor hubiese tenido tiempo de moldearla con sus manos.
La muchacha seguía ajena al hombre, con la mirada clavada en la ventana y los auriculares en sus oídos.
Luego el tren se detuvo, se abrieron las puertas y el mundo comenzó a girar.
La chica de jeans ajustados se bajó y el hombre de traje prolijo la siguió con la mirada hasta que la perdió en las escaleras y el tren arrancó.

A pleno sol, un gato agazapado no podía controlar su mandíbula temblorosa mientras miraba un gorrión que jugaba con unas migas de pan en el andén del frente.


lunes, 10 de octubre de 2011

Festejos

A quince días de cumplir 14 años me enamoré perdidamente.
Resulta que muy a mi pesar, estábamos con mi familia de vacaciones en Necochea.
Siempre detesté ese balneario con olor a viejo y arquitectura de antaño, con noches familiares y playas extensas y ventosas.
Reconozco que para una amante del patinaje como yo, la pista del Casino era tentadora, con sus subidas y bajadas, vueltas y cambios de ritmo. Siendo pequeña, esa pista me parecía un reto enorme, inversamente proporcional a la sensación que me quedó al volver a verla hace unos años.
Bueno, volvamos a mi objeto de deseo.
Se llamaba D. D.
Él y su familia (que, de manera curiosa, todos tenían las mismas iniciales, DD) habían alquilado la casa lindera a la que habitábamos con mis padres y hermanas.
Al verlo, me enamoré automáticamente. Tenía 16 años. Era mendocino, alto, delgado, tímido, con un gran jopo, una mirada adolescente y esquiva y la sonrisa más hermosa que un muchacho pueda tener.
En la playa, en vez de perder su tiempo intentando conquistarme, tomaba su tabla y se ponía a correr olas.
Como al tercer día no me dirigía la mirada (por supuesto, no podría culparlo; yo era una flacucha que desde hacía un tiempo ya medía en ojotas mis 1.68m actuales y estaba todo el tiempo escondida detrás de un libro), usé la vieja estrategia de hacerme amiga de su hermano, DD2, llamémoslo.
Resultó que DD2 era un niño insoportable hasta para mí.
Como D no lo quería ni oír, comenzamos a escaparnos juntos de su molesta compañía.
Pasábamos bastante tiempo sentados uno al lado del otro. Comenzamos a hablar, a reírnos y claro, mientras yo moría de amor, el tipo miraba el piso.
Un día me dio la mano. Y así nos quedamos, de la mano, por horas, creo.
Una noche estrellada, estaba en mi habitación leyendo "Desde el jardín", de Kosinsky. La luz del faro iluminaba periódicamente los jardines de la casa, detalle que a mi me resultaba encantador.
En eso, en la oscuridad, entre las plantas, veo a D, medio escondido, espiándome.
En mi perversa inocencia, eso me encantó.
Rauda, dejé mi libro, apagué la luz y salté por la ventana.
Me fui a sentar a su lado. Y él, que siempre tenía la vista clavada en el piso, me estaba mirando muy fijo.
- Me espiabas?
- Si.
- Te gusto?
- Si.
- Mucho?
- Todo.
- Estás seguro?
- Si.
- Y por qué no me lo decís?
- No sé.
- ...
- Pasaron las 12. Ya es 4 de febrero. Estaba esperando que sea 4 de febrero para decirte feliz cumpleaños.
- Ah.... gracias, que lindo.
- Ahora te voy a besar.

De esa manera, mi mendocino tímido, me estampó un terrible beso, mi primer beso, que de recatado tuvo poco, especialmente porque empezó con un piquito y duró más de 3 horas.
Así empecé mi cumple aquella vez.

Linda manera de festejar, no?